Strangers passing in the street
By chance, two separate glances meet
And I am you and what I see is me
And do I take you by the hand
And lead you through the land
And help me understand the best I can
Pink Floyd
Libra

Fina y tenue, ligera y etérea, así era Minerva. Poco interesaba su exterior, resaltaba más su ser, su brillo celestial. Era magnífica sin pretender serlo, y, de hecho, lo era sin saberlo. Era una reina mística de tiempos arcaicos, era infinita y era sabia. No sabía que podía curar con su serena presencia y su clara voz.
Pasaba la mayor parte del tiempo leyendo versos que elevaran su alma y estimularan su pensamiento. Tan inmensa era su pasión por las letras que estaba hecha de ellas. En sus venas no corría sangre, sino tinta. Su fascinación era irremediable. Desde pequeña observaba a su alrededor los pequeños espectáculos que ofrecía la naturaleza, como el sol colándose a través de las hojas, entonces repetía frases cantadas: “¡el sol es suave entre las hojas!, ¡el sol es suave, es suave!, el sol es suave…”. También tenía la costumbre de dibujar lo que veía porque, como todo artista, su creatividad no tenía fin. Sin embargo, conforme crecía, de entre todos sus intereses artísticos, se decantó por la poesía, su don natural.
Pensaba en las grandes cuestiones: la libertad, la igualdad, la existencia. Era aguerrida, llevaba en el pecho una balanza tatuada, defendía lo justo. Y aunque era aguerrida, también era la persona más pacífica sobre la faz de la tierra, todo aquel que se cruzara con ella no podía más que admirar su claro pensamiento y su adecuada palabra.
Minerva era la menor de tres hermanas. Sus padres estaban juntos por compromiso y costumbre. Por esta razón no creía en el amor, al menos no en el amor como un trámite. Muchas veces su propia familia no comprendía su idealismo exuberante y su compromiso con las causas sociales.
Profunda tristeza
Hacían ya varios días que Minerva no dormía bien por el vacío que dejó en su interior la partida de su gato negro, tan negro como la noche y tan fiel como ninguno. Estaba segura de que alguien lo había raptado; era imposible que se hubiera marchado, abandonándola, porque él la amaba. Sabía que él la amaba, aunque no pudiera hablar para decírselo. El habla es un sistema de comunicación insuficiente que a veces no basta. Ella sabía que una mirada podía expresar más que cualquier verso divino, porque eso sentía cada que él la miraba con su adorable mirada.
A pesar de su dolor, entendía que él era de la noche y que jamás podría domesticarlo, por mucho que lo quisiera. En su calidad de macho tenía que ir a divertirse por las noches, mientras ella solo esperaba que no le hicieran daño o se metiera en problemas.
La noche anterior durmió muy poco, pues despertaba constantemente al sentir la presencia de su negro amigo entrando por la ventana, siempre abierta de par en par, por si él volvía. Pero no era así, solo estaba la noche sin estrellas, enmarcada por la pequeña ventana. Así pasaba el tiempo. Un día tras otro. Siempre lo mismo; eterna ausencia, infinita tristeza.
Aquel día Minerva despertó triste y pesada, sin ánimo de salir de la cama, ¿qué sentido tenía, para qué?, el vacío era enorme, y lo era aún más en ese momento del día, pues era ya una costumbre que al abrir los ojos se encontrara con los de él, viéndola. Suave, tierno, pacífico. Su mirada evocaba mundos lejanos de oriente, de magos y nigromantes. Entonces era tan natural encontrarlo ahí, no había otra opción o posibilidad. Era algo escrito, algo que tenía que ser, que pedía ser.
Pero ahora él no estaba, no esta mañana, ni la de ayer, ni tal vez la de mañana. Pero tal vez, siempre un tal vez. Lo esperaba en cada amanecer y en el último rayo de luz, como cantaba un artista que Minerva solía escuchar, su favorito. Al despertar, mientras se incorporaba en la cabecera de la cama, con la mirada fija en la nada, dijo para sí unos versos de Josefina Vicens en los que últimamente hallaba consuelo.
Este vivir no es vivir,
es tan solo un existir
sin lo que el vivir reclama:
el hoy, el aquí, el mañana.
Vivo a distancia de ti,
de tu voz, de tu presencia,
y por esta cruel ausencia
vivo a distancia de mí.
Vivir así, de esta suerte,
Ahora comprobaba en carne propia la sentencia del filósofo en las cuevas que dice que en la vida la única constante es el cambio y solo quedan la amarga ausencia y la nada eternas. Tal vez él ya no volvería… ¡Pero es que no podía resignarse! porque no sabía si estaba vivo o muerto. Lo peor era vivir en ese estado de duda y esperanza eternas que la consumían en igual proporción. La esperanza no era su aliada, era más bien su terrible enemiga. Ojalá toda esperanza la abandonase.
Lo que más le dolía, lo que más la quemaba por dentro, y la hacía querer gritar y romper las cadenas de su interior, era plantearse esto: si él seguía con vida, entonces ¿por qué no la buscaba?, ¿por qué no volvía a su lado?, ¿por qué le pagaba así después de todo lo que hizo por él?, como cuando lo salvó de aquella caja en donde lo encontró una mañana de agosto, tres años atrás. Minerva rememoraba ese día con mucha frecuencia.
El encuentro
Ese día era muy importante, el primero en la universidad. Camino allá, antes de llegar al campus, y once minutos antes de la clase de Latín I, se encontró en la calle una cajita de cartón abandonada, de donde salía un pequeño ruido ahogado. Cuando la abrió y vio lo que había dentro no supo qué hacer, pues, aunque los gatos le parecían tiernos nunca fue particularmente una amante de ellos. Sin embargo, decidió llevar a este a casa, pobre, no podía dejarlo simplemente a su suerte. Pasó a la tienda más cercana que encontró, compró un poco de alimento para gato y entró a la facultad con la caja en sus manos, abrazada a su pecho. Ya adentro encontró unos arbustos que parecían ideales para esconder la pequeña caja, la ocultó, le dejó suficiente comida para todo el día y le prometió al pequeño que volvería por él al término de sus clases.
Ahora tenía un nuevo compañero, pero ¿cómo nombrarlo? Tenía que ser algo especial, representativo. Para esto pensó en cómo son los gatos. Ellos son tiernos y a la vez huraños. Su mirada parece que escudriña, que juzga, pero también que condesciende. Son magnánimos, su porte es elegante y refinado, andan con gracia, con cadencia y audacia. El gato es rebelde, ninguna ley lo gobierna y parece que no es de aquí, de este mundo. Por tales atributos es que ella, a pesar de ser tan libertaria, no sentía tanta atracción por estos seres, porque su independencia rayaba en la indiferencia y la apatía. Y su libertad e intrepidez, ¿no resultaban peligrosas para ellos?
Además, parecía que solo pensaban en sí mismos, sabía que, si se encariñaba con uno, eso poco le importaría a él, alma libre y soberana. Esa forma de ser simplemente no la entendía y hasta le asustaba un poco, pero a la vez, y de manera velada, algo en su interior gozaba de poder poseer a ese pequeño ser anarquista y libre, que por un momento abandonaba su autocracia total y elegía estar ahí, con ella y para ella. Entonces pudo nombrarlo.
Constantemente pensaba en esto, en cómo lo encontró y cómo poco a poco llegó a quererlo tanto. Estaba triste y frustrada porque le dio tanto cariño y tantos cuidados, y él, a la primera oportunidad, actúo conforme le dictaba su instinto.
Casualidad

Esa mañana, con estos recuerdos y pensamientos en mente, Minerva se vio obligada por su madre a pagar las cuentas, qué remedio. Con enfado se puso la gabardina blanca, tomó las llaves y salió de casa. El ambiente afuera era fresco y lucía grisáceo, el cielo estaba plagado de nubes y la calle de rostros comunes. Le parecía un verdadero fastidio caminar por esas calles sintiéndose de esa manera.
En su transitar, harta de vagar por esas calles llegó al cruce de una avenida doble. El semáforo estaba en pare. Al alzar la vista vio a lo lejos, del otro lado de la acera, a un joven de rostro pálido y fino, de cabello muy negro. Sus ojos negros eran enormes y expresivos; su mirada, melancólica. Él también notó la particular fisionomía de Minerva, ligera y triste.
El semáforo les dio el siga. Se dirigieron el uno al otro. Al cruzar, Minerva pudo distinguir la delgadez de él y que caminaba con cierta afectación, sigiloso. Todo en él era extraño, su cuerpo, sus rasgos. Aquel chico parecía dibujado con estilógrafo.
Ante misteriosas presencias, ambos se sintieron inexorablemente atraídos. Acercarse era inevitable, casi una obligación, una necesidad. Ambos mantuvieron la mirada fija en el otro y se encontraron a medio camino, en el cruce que dividía ambos sentidos. Estar ahí, frente a frente, se sentía como una reminiscencia, como un eco lejano. Mecánicamente se dirigieron a una cafetería de la zona para platicar.
Resultó que él también sufría por una pérdida, su lechuza había escapado algunas noches antes. Tampoco él podía concebir una vida sin su blanca compañera, pero comprendía su naturaleza.
— Las aves son del cielo y del aire, no pueden ser enjauladas pues su amor es demasiado grande para coartarlo — dijo él.
Hablaron largo rato sobre sus respectivas pérdidas y su relación con sus compañeros, sobre poesía, música y mística. Más ligeros por este encuentro, acordaron verse otro día. Se despidieron.
Extrañamiento
De vuelta en casa, Minerva se dio cuenta de que un gran alivio había tomado lugar en su interior. Se recostó para recrear el encuentro con su nuevo amigo. Recordó su mirada, amable; sus manos, delicadas; y su voz, bondadosa. Pensó que era hermoso. Quiso decir su nombre, pero cayó en la cuenta de que jamás se lo preguntó.
De cualquier, modo poco o nada importaba esa cuestión, porque sentía que ya lo conocía de toda la vida; su trato le era tan familiar, tan cercano, tan cálido y envolvente que… entonces un escalofrío invadió súbitamente a Minerva, una sensación muy extraña se pegó a su piel. Repentinamente sintió angustia por esa familiaridad y cercanía que estaba sintiendo por alguien de quien no conocía ni siquiera su nombre, ni su procedencia, ni de dónde salió, ni porqué estaba ahí, en ese cruce, en ese ambiente gris, ¿cómo llegaron a ese café y hablaron de cosas tan intimas?
Minerva respiró profundamente. Al darse cuenta de que estaba perdiendo la calma, Minerva intentó volver a su centro, se recordó que las casualidades existen, que la razón y la lógica no tienen que imperar en todo momento. Decirse esto la tranquilizó. Además, claro que podía tener una conexión con alguien desconocido, el mundo era muy grande y eso podía suceder en cualquier momento de su vida, las posibilidades eran altas. Se dijo esto y decidió hacer caso a su intuición.
Con todo esto en su mente y corazón decidió ir a dormir, por primera vez en semanas tenía sueño y quiso aprovechar eso. Ahora el dolor por su amigo perdido era menos punzante, su nueva amistad con el chico pálido era un consuelo. Sus ojos se cerraron y cayó en un sueño profundo.
(Minerva aparece a las orillas de un lago, alza la vista y tiene una visión. En los altos cielos dos águilas se atraen y se repelen. Luego, se prensan fuertemente con las garras y caen en picada a una gran velocidad. Una vez que están cerca de impactar con las claras aguas, se sueltan y emprenden, nuevamente, el vuelo solitario).
Esta noche dormirá muy plácidamente. Sin embargo, mientras lo hace, siente la presencia de dos siluetas que la miran. Despierta, no hay nada. Solo la luna enmarcada en la ventana, siempre abierta de par en par, en espera de la llegada de su amigo. La presencia de la blanca luna le recuerda a su pálido amigo, entonces siente una imperiosa necesidad de tenerlo ahí, recostado a su lado, de tenerlo entre sus brazos, de estar debajo de su piel. Entonces, él la abraza, envolviéndola con su calor y su negra piel y le dice en una extraña lengua que todo estará bien, porque él es él y ella es ella, que ya jamás se irá porque su lugar es a su lado y que ahora pueden descansar, y mientras cierran los ojos, en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, dicen al unísono y en la misma extraña lengua:
La ley de la naturaleza prevalece a las leyes humanas, pues no le importa la distancia, el tiempo ni la razón. Lo imposible puede ser posible.
Esa madrugada hay Una estrella en el cielo y dos siluetas que posan en la rama de un olivo observan la escena a través de la ventana, siempre abierta de par en par.

Deja un comentario