El lugar correcto es el ahora, no hace falta más
Natalia Lafourcade
Un instante se va y no vuelve a pasar
Enrique Bunbury
La dichosa pregunta
Un día como cualquier otro me dirigía al trabajo. Iba a bordo del tedioso transporte público cuando la combi pasó frente a un pequeño kiosko donde vendían boletos para la lotería. Expuesto en la fachada estaba un cartelón de papel periódico que mostraba los números ganadores de varios sorteos, encabezados por el número ganador del premio mayor, conformado por varios ceros. Aunque era un lugar por donde había pasado todos los días desde hace años, por primera vez me percaté de su existencia. Entonces me hice la dichosa pregunta: ¿Y si yo me ganara la lotería? ¿qué haría con tanto dinero? bueno, qué no haría ¡todos mis problemas se resolverían!
La idea de resolver mis problemas financieros de manera rápida y fácil me había invadido, ya no podría pensar en otra cosa, por lo tanto necesitaba un plan que me asegurara el número ganador del premio mayor, es decir, un ritual, un procedimiento delicado y cauteloso para obtener cada número. No era cuestión de solo elegir números al azar, eso lo hacían todos. Solo necesitaba conseguir seis números, o sea, llevar a cabo seis distintos procedimientos únicos para obtener un número bendito.
Fe, fortuna y libertad
Lo principal, antes que todo, era creer, porque sin fe, sin la auténtica y religiosa convicción de que vas a ganar, no tienes nada, así es la suerte, así es la fe, se tiene o no. La suerte es asunto binario, maniqueo y caprichoso.
Lo segundo era tener el boleto. Nunca había comprado un boleto de lotería porque siempre me pareció que adquirir uno era para perdedores, gente perezosa que no quería trabajar duro y que prefería depender de algo externo a su esfuerzo, de mi parte esa nunca fue una opción a considerar. Pero ahora las entendía, la idea de hacerse millonario acertando una simple secuencia de números me parecía ahora tan seductora, solo era una cuestión de suerte. Una vez ganado el premio mi vida estaría resulta, podría dedicarme a lo que quisiera, disponer de mi tiempo por completo, que era sinónimo de poseer mi libertad. Disponer de tu tiempo es en realidad la libertad misma. Sin trabajo, ni horarios o transporte, sin deudas. Sin corbata.
Obtener ese dinero así no equivaldría a hacer trampa, ni sería dinero sucio, más bien sería ganar la gran acumulación de dinero de personas honestas que habían pagado también por un boleto, por un sueño, el sueño de muchas personas, tantas que en conjunto se formaba un cuantioso y jugoso premio mayor, el llamado “premio gordo”.
Estaba decidido. Compraría ese boleto, el boleto que me llevaría directo a mi felicidad, destino directo y sin escalas. El secreto estaría principalmente en desearlo lo suficiente, muchísimo, en igual proporción al tamaño del premio. Tendría que disponer de toda mi suerte, conectarme conmigo y con la diosa fortuna, cotejarla. Seis números, un sin fin de combinaciones, un premio y un destino, el mío.
Haciendo cuentas…
Lo siguiente era planear cómo obtener cada número. El primero de ellos sabía bien cómo lo obtendría. Lanzaría un dado, bueno, yo no, sino un niño, un ser puro e inocente. Le pediré su ayuda, le solicitaré que piense en su más grande anhelo, que se imagine obteniendo aquello, que sople el dado, y, finalmente, que lo lance. Así obtendría mi primer número.
Para obtener el segundo usaré la fecha de cumpleaños de mi madre y de mi novia, las dos personas que más amo en el mundo. Eso claro que no puede fallar, pero ¿qué número usar, el año o el mes? Para mayor precisión el día sería mejor, pues muchos nacen en un mismo año y muchos otros en un mismo mes… pero también en un mismo día… ¿O sería mejor la hora de nacimiento? sí, mejor aún, algo como seis y treinta y tres de la mañana, se suman los tres dígitos, 6, 3 y 3, que da como resultado doce, uno más dos son tres, después se suman los dígitos finales de cada hora de nacimiento, la de madre y mi mujer, y finalmente reduciré al mínimo esa cifra si es necesario.
¿Cuestión de cantidad?
Todo esto comenzaba a sonar complicado… complicados los números. Parece que al final del día la vida se reduce a ellos y a una aritmética muy elemental. Cuánto dinero posees, entre más, mejor, cuánto te falta, entre menos, mejor. Qué calificación obtienes, entre más alta, mejor. Cuál es tu edad, entre más joven vales más, pero eso sí, ten la experiencia de alguien grande. Cuántos días tiene el año, «produce más y cumple más metas», cuántos días faltan para que te jubiles, que pase rápido el tiempo.
Incluso el amor (esa extraña palabra) no se salva, estamos todos dispuestos a someterlo a la cuantificación, “¿cuánto me quieres, amor mío, es mucho o poco?” No creo que el amor sea cuestión de cuánto, ni de cómo, solo es. Cuán feliz eres, cuánto placer experimentas, siempre más y más, devoramos feroces a otros, nos dejamos devorar. Casi siempre más es mejor, salvo con la glucosa o los triglicéridos, lo mismo con las deudas.
Parece que la vida hoy día se reduce a cifras, en ellas me pierdo, soy uno más del montón, una gota en el mar. Y cuando muera solo seré uno menos, pasaré desapercibido en la basta inmensidad. Hay un encuentro de los números a mitad de camino, un día más es un día menos, dos líneas que avanzan a la misma velocidad en dirección opuesta. Solo el tiempo no se detiene, es la única constante, sigue su curso como un río, un minuto menos, un segundo, otro…Y otro más. Y cada segundo cuenta y se suma a la gran cuenta de la vida. Al final de mis días, estoy seguro, querré más, un poco más. Y no de todo aquello superficial e intrascendente, no querré más dinero, ni más cosas, ni trabajar más para obtener esas cosas que no necesito realmente, sino querré un instante más, solo una palabra más en una agradable conversación con mi padre, una dulce mirada de mi mujer, contemplarla. Un abrazo largo, larguísimo, eterno, que me dure hasta morir.
Ahora que lo pienso, ese boleto de lotería se puede pudrir mucho, no lo quiero y no lo necesito. Porque toda la suerte del mundo ya la tengo en este instante, el aquí y ahora. El premio mayor es estar vivo, vivo y amando y siendo amado. Y bueno, en estos cálculos e imaginerías perdí algunos minutos, ahora solo quedan dos horas para llegar al trabajo, a seguir porque el camino es largo.


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