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¿Duda o herida?

Mira: Durante mucho tiempo pensé que dudaba de mí porque no era suficiente. Así de simple, así de contundente. Pero con los años me di cuenta de algo que incluso me resultaba incómodo: yo no dudaba de mí. Yo reaccionaba desde heridas que ni siquiera sabía que tenía. No venían con nombre, no venían con cartel ni con indicaciones. Venían disfrazadas de pensamientos lógicos, de prudencia, de «mejor no intentarlo». Y poco a poco fui poniéndoles cara y nombre.

La primera de estas heridas de la que me di cuenta fue la del rechazo. Esa sensación sutil de no encajar, de ser diferente. No hacía falta que nadie me lo dijera; se respiraba. Y cuando creces con eso, aprendes a hacerte pequeña, a no molestar, a no destacar demasiado.

Luego me di cuenta de la herida del abandono. No necesariamente físico, pero sí emocional. Es esa sensación de que, si no te sostienes tú, nadie lo hará del todo por ti. Y eso crea una especie de alerta interna constante.

También vi la herida de la humillación. Esa que te hace sentir que no das la talla, que otros van por delante de ti y que tú siempre vas justa. Y aunque nadie te lo diga, tú lo sientes como una verdad aplastante.

La herida de la traición también apareció. No tanto hacia otros, sino hacia mí misma: con promesas que no me cumplía, con decisiones que no sostenía. Y eso va erosionando algo muy profundo, que es la confianza en una misma.

Y, por último, tampoco me faltaba la herida de la injusticia. Sí, esa sensación de que «esto no es justo», que en realidad muchas veces escondía otra cosa. ¿Y qué era eso? Pues no querer asumir aquello de lo que me tocaba responsabilizarme ya como adulta.

Y claro, con todo ese cóctel, ¿cómo no iba a dudar de mí?

¿Quién habla y qué quiere? (Mirando la escena)

Pero aquí viene lo importante: no se trataba de eliminar las heridas. Se trataba de dejar de obedecerlas. Porque una herida no quiere que crezcas; quiere que sobrevivas.

Y sobrevivir no es vivir, ¿verdad?

Hubo un momento… Bueno, no fue un momento. Fueron muchos micromomentos en los que empecé a observarme. Eso sí: sin juicio, sin drama, como quien mira una escena desde fuera. Y cuando aparecía la duda, ya no la tomaba como una verdad. La tomaba como una señal.

Entonces me preguntaba: «Vale, ¿quién está hablando ahora dentro de mí? ¿La mujer adulta que soy hoy o la niña que aprendió a protegerse como pudo?» Sí, aquí cambié la conversación. En lugar de decirme «no puedo», empecé a preguntarme:»¿Qué quiero de verdad?» Y esa pregunta no la responde la herida. No puede. Tiene que responderla algo más profundo dentro de ti.

Y después llega otra pregunta: «¿Estoy dispuesta a sostener eso que quiero?» Porque querer, queremos muchas cosas. Pero sostenerlas ya es otra historia, ¿verdad? Ahí empezó el cambio. Aunque no dejé de tener heridas, estas dejaron de dirigir mi vida.

  • La del rechazo se transformó en autenticidad. Ya no necesitaba encajar; necesitaba ser coherente conmigo misma.
  • La del abandono se convirtió en autosostén. Ahora sé que puedo estar para mí, aunque nadie más lo haga.
  • La de la humillación cristalizó en humildad real. Ya no soy la que se esconde, sino la que aprende.
  • La de la traición evolucionó en compromiso: pequeño, constante y sin ruido, tal como trabaja una hormiga.
  • Y la de la injusticia se desplegó en responsabilidad. Dejé de mirar fuera y empecé a hacerme cargo de aquello de lo que me sentía capaz, por pequeño que fuera.

La ruta Escucho, filtro y decido

Y fíjate: no es que ahora no dude. Dudo. Claro que dudo, y mucho. Pero la diferencia está en que ya no me creo todo lo que pienso. Ahora escucho, filtro y decido.

Y en ese proceso mi vida empezó a tomar forma. No perfecta, pero sí coherente para mí. Hoy, además de todo lo que hago, he abierto un canal en YouTube. Sí, a esta edad. Así, sin manual, sin garantías. Solo con la ilusión de experimentar. ¿Y sabes por qué? Porque ya no negocio con lo que siento que tengo que hacer. No sé a dónde llegará, pero sí sé desde dónde lo hago. Y eso me trae paz. Porque cuando haces las cosas desde este lugar, no necesitas validación constante; necesitas presencia.

Así que la próxima vez que sientas dudas, haz una pausa y pregúntate: «¿Esto que siento es una herida o es una decisión?» Porque si es una herida, escúchala, pero no la obedezcas. En cambio, si es una decisión, aunque te dé miedo, da el primer paso. Mira, no viniste aquí para ser perfecta. Viniste para ser consciente. Y esto implica algo muy concreto: dejar de vivir en automático y empezar a elegir, de una vez por todas.

Tus heridas no son el problema. El problema es cuando las dejas conducir. Así que la próxima vez que dudes, no te enfades contigo. Solo recuerda: quizá no eres insegura. Quizá estás despertando. Y claro, eso a veces incomoda. Pero también te digo una cosa:

Cuando dejas de reaccionar desde la herida y empiezas a moverte desde la coherencia interior, pasa algo curioso. Tu vida deja de ser una repetición y empieza a ser una creación. Y ahí ya no hay vuelta atrás.

Así que venga, sigue dudando si quieres, pero hazlo mientras avanzas. Porque puede que todavía no lo veas, pero lo que ya eres no cabe en la versión de ti que aprendió a tener miedo. Y eso, cuando lo sostienes, no solo lo notas tú. También lo perciben los demás.

Y sonríe un poco. Quizá todo este tiempo no estabas perdida, sino ensayando cómo encontrarte.

Gracias por llegar hasta aquí.

Este contenido es extraído con autorización del canal de Mercè Monrós, el cual muestra «que el cuerpo no es un medio para lograr algo, sino el lugar donde todo se ordena.» Su objetivo es cuidar el cuerpo desde la conciencia, la presencia y el respeto profundo por su sabiduría.

Gracias Mercé.

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